Ciber K

"Vengo a la política para honrar el apellido de mi padre, no para hipotecar el de mis hijos."
F. Randazzo

sábado, 19 de febrero de 2011

Felipe Varela, el Quijote de los Andes.


Por Yamila Mendoza

La figura de Varela, como tantas otras de la época, resulta fuertemente controvertida; los revisionistas (es decir nosotros) han reivindicado su oposición a Bartolomé Mitre y a la Guerra del Paraguay. Otros autores han apreciado la lucidez del Manifiesto con el que proclamó su oposición a Mitre, una de las expresiones más acabadas y expresivas del ideario federal.
Los partidarios de la facción liberal, por el contrario, lo han considerado un salvaje sanguinario, una versión que se ha consagrado en el texto de la zamba La Felipe Varela, de José Ríos, que reza:
"Galopa en el horizonte, / tras muerte y polvadera; / porque Felipe Varela / matando llega y se va."
Por otro lado, la cuarteta recogida por Juan Alfonso Carrizo expresa:
"De Chile llegó Varela, / y vino a su Patria hermosa. / Aquí ha de morir peleando / por el Chacho Peñaloza."
Alto, enjuto, de mirada penetrante, severa prestancia y graduado en al escuela del Chacho. Este Catamarqueño había nacido en Valle Viejo y se arraigó en Guadandacol, donde era estanciero y coronel de la nación. Lo que quizás distinga a Varela de otros caudillos federales (Peñaloza especialmente) es esa penetrante lucidez política con que interpreta los alcances y fines de su propio movimiento. La Proclama del '66 y el Manifiesto del '68 constituyen uno de los más altos momentos del pensamiento argentino. Conozcamos un poco de su historia.

Había intervenido con el Chacho en las sublevaciones de 1862 y 1863 para ser luego edecán de Urquiza, quien lo tuvo a su lado durante el desbande de Basualdo y Toledo. La guerra del Paraguay era un asunto de estado para el gobierno mitrista quien veía en esta campaña la oportunidad de un nuevo mercado para los sueños mercantiles de la burguesía porteña.



Radicado en Chile y conciente de una identidad de hermandad latinoamericana Varela ordena vender su estancia. Con el dinero obtenido compra un pobre armamento y cruza la cordillera de los Andes.
En diciembre de 1866 llega a Jachal con 200 hombres donde es recibido con entusiasmo para repartir así su proclama con un profundo sentido nacional y americano y apoyando  la lucha montonera que han reiniciado Aurelio Zalazar en Catuma y los “colorados” en Cuyo. Varela manda agentes ante López para enterarlo del apoyo de su movimiento a los paraguayos. De esta manera Varela forma un movimiento paralelo para defender la lucha de la identidad latinoamericana contra colonización de la oligarquía del puerto que respondía a intereses británicos.

Ante el pronunciamiento de Felipe Varela, el mitrismo vacila. Comprende que se ha iniciado en nuestro país una revolución popular americana; sabe bien que el lema que el caudillo montonero lleva al combate – “La Unión Americana de las Repúblicas del Sud contra las Potencias Europeas” – no es una frase de circunstancias, pues el coronel Varela al titularse “Representante y Defensor de la Unión de Americana” está entroncando su pronunciamiento en la reacción continental contra los planes del Imperio Británico de apoderarse definitivamente de América.
 
La patria grande fue su sueño, el cual quedo trunco gracias una vez más a los poderosos que priorizaron sus negocios antes que la soberanía nacional. Circunscripta al noroeste argentino, la revolución varelista se convierte en una heroica epopeya, con el último grito montonero de protesta ante el avance de la “civilización portuaria”, pero inexorablemente condenado al fracaso en el terreno de las armas.

Tingosta, Paso de San Ignacio, Pozo de Vargas, Salta y Jujuy, darán testimonio esperanzado del paso del caudillo y su montonera, hambreada y sin recursos, pero siempre dispuesta a cumplir la palabra empeñada por su jefe en el “Manifiesto”: “Siempre que la suerte quiera ayudarme, siempre que el cielo quiera protegerme, combatiré hasta derramar mi última gota de sangre por mi bandera y los principios que ella ha simbolizado”.
 
La muerte galopará hacia el caudillo americano en Chile, tísico y postrado, pero con los ojos puestos en su patria sufriente un 4 de junio de 1870. Coetáneamente cesaba la última resistencia del mariscal Francisco Solano López, muriendo con él el Paraguay nacional y proteccionista.

No hay comentarios:

Publicar un comentario